dedicada al muy excelente y muy ilustre señor
FELIPE VILLIERS DE L’ISLE-ADAM,
Gran Maestre de Rodas.

Como hay hombres cuya curiosidad no se satisfaría oyendo simplemente contar las cosas maravillosas que he visto y los trabajos que he sufrido durante la larga y peligrosa expedición que voy a describir, sino que querrían saber también cómo logré pasarlos, no pudiendo prestar fe al éxito de una empresa semejante, si desconociesen los menores detalles, he creído que debía dar cuenta en pocas palabras de lo que originó mi viaje y los medios por los cuales he sido bastante feliz para realizarlo.
En el año de 1519 me hallaba en España en la corte de Carlos V, Rey de romanos, en compañía de Monseñor Chieregato, Protonotario Apostólico entonces y predicador del Papa León X, de santa memoria, quien por sus méritos fue elevado a la dignidad de Obispo y Príncipe de Teramo. Ahora bien, como por los libros que había leído y por las conversaciones que había sostenido con los sabios que frecuentaban la casa de este prelado, sabía que navegando en el Océano se observan cosas admirables, determiné de cerciorarme por mis propios ojos de la verdad de todo lo que se contaba, a fin de poder hacer a los demás la relación de mi viaje, tanto para entretenerlos como para serles útil y crearme, a la vez, un nombre que llegase a la posteridad.

Bien pronto se presentó la ocasión. Supe que acababa de equiparse en Sevilla una escuadra de cinco naves, destinada a verificar el descubrimiento de las islas Molucas, de donde nos viene la especería, y que don Fernando de Magallanes, gentilhombre portugués y comendador de la Orden de Santiago de la Spata, que ya más de una vez había surcado con gloria el Océano, estaba nombrado comandante en jefe de esta
expedición. Traslademe en el acto a Barcelona para solicitar de Su Majestad permiso para figurar en este viaje. Provisto de cartas de recomendación, me embarqué para Málaga y de Málaga me trasladé por tierra a Sevilla, donde debí esperar tres meses antes de que la escuadra se hallase en estado de zarpar. A mi regreso a Italia, Su Santidad el Soberano Pontífice Clemente VII, ante quien tuve el honor de presentarme en Monterosi y de referirle las aventuras de mi viaje, me acogió con bondad y díjome que le sería muy agradable poseer una copia del diario de mi viaje; híceme, pues, un deber
en deferir lo mejor que pude a los deseos del Santo Padre, a pesar del poco tiempo de que entonces disponía.
En este libro lo he consignado todo; y es a vos, Monseñor, a quien lo ofrezco, rogándoos abrirlo cuando los cuidados de la isla de Rodas os dejen bastante tiempo para hacerlo. Es la única recompensa a que aspiro, Monseñor, reconociéndome enteramente vuestro.

Categorías: Diario di bordo

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